Los que me conocen bien saben que hay una canción en particular que me revuelve el estómago, y es precisamente Visa para un sueño de JLG. Conocí esa canción trabajando en USA, como le tocaba a muchos, pero a diferencia de mis compañeros de trabajo y, sobre todo, de la gran mayoría de migrantes, mi objetivo era claro: pagar mis estudios de francés para poder participar en la opción de doble diploma que tenía mi universidad. Sí, lo sé, mi privilegio era alto; como digo yo, era un happy problem.

En ese supermercado conocí muchas historias, desde personas que usaban ese trabajo como una oportunidad de enviar recursos a sus familias, hasta personas que huían de la pobreza de sus países de origen. Yo me sentí realmente privilegiado y con muchísima suerte. La verdad era que me daba hasta pena decir que lo hacía para irme a Francia; eso sonaba pretencioso al lado de sus realidades.

Y me acuerdo cuando escuché en el supermercado esa canción, que en fiestas familiares no quedaba otra que bailarla. En ese momento decidí escucharla, no oírla ni bailarla, y wow, es profunda después de tener el contraste de que, una vez termina esa canción, levantas tu mirada y ves a una persona viviendo esa canción, viviendo el proceso de buscar una visa para no volver.

Yo pude aprovechar la oportunidad de venir a Francia a estudiar eso por lo que había trabajado y conocer a otras personas con otras realidades que estaban o están deseando encontrar oportunidades en Francia para no volver. Esto, desde el ámbito más profesional, y la verdad, esto tiene sentido. Salir del país, estudiar afuera, encontrar oportunidades y encontrar una estabilidad en países mucho más seguros, con un nivel de vida mucho más alto, con una tranquilidad mayor, salarios más altos, y la lista sigue. Todo esto tiene sentido y está super bien.

Sin embargo, mi caso no es así y empecé a entender por qué. Vengo de una familia muy grande de 12 tíos por parte de mamá que nacieron en un pueblo muy pequeño y pobre. Ellos crecieron, como muchas familias colombianas, con solo la figura materna. En este caso era demasiado complejo: eran 12 hijos, muchos de ellos asumieron quizás papeles que no les correspondían, pero les tocó. Los 12 se desarrollaron todos a nivel profesional, doblegando turnos, estudiando al mismo tiempo que trabajando. El sueño más grande en ese momento para mi familia era vivir en Bogotá, la ciudad de las oportunidades.

Y para no hacer la historia interminable, los 12 lograron lo que en Colombia es casi imposible: subir la escala social y salir de la pobreza, pues en promedio tarda 12 generaciones.

En reuniones familiares siempre se hablaba de un tema: política. No importaba si era el cumpleaños de mi abuela, un desayuno de velitas, un grado de un primo, un encuentro futbolístico, siempre, siempre se hablaba de política.

Hoy que estoy afuera de mi país, veo el mismo patrón con mi primo, que a veces nos vemos: siempre hablamos de política, y la razón obvia detrás de que nos pasaran ese hábito es que detrás de cada conversación familiar disfrazada de política, las conversaciones tenían siempre un matiz de amor por el país y una deuda que tenemos nosotros hacia el país.

Yo hoy que estoy afuera pareciera que estuviera buscando una visa para no volver, pero desde el primer día que pisé suelo extranjero, el objetivo es claro: volver a construir un país que está por hacer.

Y es que entendí que conoces más a tu país cuando sales. Yo no paro de hacer comparaciones sobre lo que vivo en otro país, con lo que habitualmente vivía en mi Colombia querida, tratando de entender por qué aún estamos tan lejos, pero tan cerca.

No sé si es en 1 año, en 5, 10, pero que voy a construir para y por Colombia, es seguro. En mi caso, podría decir que estoy buscando la visa para volver.

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