Hace unas semanas tenía unas ganas absurdas de bailar, como decimos vulgarmente, azotar baldosa. Y como no soy mucho de fiestas, fui a una clase de salsa; léase bien: a una clase de salsa.
Yo solo quería que la música sonara y dejarme llevar por el ritmo —como suelo hacer—. Resulta que me topé con una marroquí, una búlgara y, evidentemente, francesas. Oh sorpresa: bailaban muy bien. Yo, sin dejarme opacar, intentaba sacar el ADN colombiano, pero había algo que no cuadraba.
Sea con quien fuese que bailara, no coordinábamos, no había esa sintonía ni tampoco esa belleza que suele haber en los bailes de salsa. No era culpa de la otra persona y supongo que mía tampoco (supongo).
La persona con la que intentaba bailar seguía un patrón, un playbook: “voy atrás en 2, vuelta en 5, cross body en 7, etc.”. Yo no tenía ni idea de lo que estaba haciendo; solo bailaba como aprendí de chico, en las fiestas familiares. Yo aprendí a seguir la música, a sentirla, quizás algunos pasos, pero jamás un patrón.
Wu Wei
Llegando a casa, opacado porque realmente bailan muy bien, pensé en un escrito chino que había leído hace tiempo.
Bueno, realmente dos. El primero era el Tao Te Ching, un libro que me recomendó uno de los programadores que en su momento admiraba muchísimo y me parecía muy inteligente. El libro no decepcionó y abrió la puerta para el segundo: Wu Wei: el arte de vivir del Tao.
El primero abarca conceptos taoístas muy impresionantes. Uno de sus conceptos fundamentales es el Wu Wei: hacer no haciendo. Un concepto que me encantó tanto que decidí leer un libro solo sobre esto.
Hacer no haciendo
Este concepto fue muy difícil de entender en su momento, pues tanto el Tao como el libro de vivir del Tao son fascinantes, pero complejos.
Suena ilógico: el resultado requiere una acción, la consecuencia requiere una causa, etc. Sin embargo, entendí, después de páginas y de podcast, que no era esto a lo que se refería. Se refería a que esta acción es precedida por la consciencia de hacerla sin forzarla, sin limitarla, a dejarla fluir, como el agua.
“Vacía tu mente. Sé sin forma, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza… El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua, amigo mío” —Bruce Lee.
La mejor forma de enseñar es no haciéndolo, la mejor forma de conquistar es no haciéndolo, la mejor forma de impresionar es no haciéndolo, la mejor forma de atraer inversionistas es hacer una empresa que no los necesite, la mejor forma de bailar es no haciéndolo. Creo que ya entendiste.
Soltar para recoger
Una de las palabras más importantes para mí es: consciencia. Todo bajo consciencia es presencia, y eso es un regalo.
Confieso que, por más que lo escriba, lo lea y lo relea, aún tengo mucho que aprender del Wu Wei, de aprender a soltar y a rendirse desde la consciencia de controlar lo que podemos controlar, de no forzar.
Y es que, volviendo a esa clase de salsa, vi en la mirada de mi pareja el conteo de los tiempos en la canción: 1, 2, 3… 1, 2, 3. Exactamente todo lo contrario a Wu Wei.
Más que un ritmo
Ya después, recordando un poco sobre este episodio, me acordé de un bello día en las frías noches de Bogotá junto con mi compañera en ese momento. Ella no sabía bailar salsa y estoy seguro de que no había tomado ningún curso.
Fuimos una noche a bailar y pasó algo mágico: la música nos invadió el cuerpo, éramos dos seres que parecían uno. Entendí que ni ella forzaba, ni yo forzaba. Wu Wei estaba con nosotros.
En Bogotá no había prisa, no había un tutor, tampoco había presión; solo había presencia. Ese día bailamos sin saber que lo hacíamos y tampoco cómo lo hacíamos.
No eres tú, tampoco yo, somos los dos
Ese día de salsa junto con los extranjeros fue más que una clase de salsa, fue una lección de hacer no haciendo. No era culpa de la extranjera con la que bailaba en la clase, tampoco mía; era de una fuerza que hacíamos juntos para que entráramos en el compás de la canción. Ese esfuerzo hacía que saliéramos del mismo y perdiéramos toda clase de estética.

